Conoce a Carolina

 


Una vida que sigo escribiendo mientras la camino.

Soy Carolina.

Soy mamá de Lucas y de Tomás. Lucas llegó a mi vida cuando yo todavía era muy joven y, once años después, nació Tomás. Gran parte de quien soy se fue construyendo junto a ellos, mientras intentaba aprender a ser mamá, trabajar, sostener una casa y ofrecerles las oportunidades que yo soñaba para sus vidas.

Durante mucho tiempo pensé que una buena mamá tenía que saber qué hacer en todo momento. Que debía tener respuestas, tomar las decisiones correctas, anticiparme a los problemas y evitarles cualquier dolor. Quería darles lo mejor de mí y, aunque siempre lo hice desde el amor, también cometí muchísimos errores.

Hoy ya no miro esos errores de la misma manera.

He aprendido a abrazarlos como parte de nuestro camino, porque comprendí que una mamá no es la que lo sabe todo. Es la que aprende con sus hijos, la que se equivoca, vuelve a intentarlo y se transforma junto a ellos. Muchas veces creemos que somos nosotros quienes debemos enseñarles a vivir, pero mis hijos también han sido grandes maestros. Me han mostrado partes de mí que no conocía, han cuestionado mis certezas y me han enseñado que el amor no consiste en tener todas las respuestas.

Creo que eso no ocurre solamente en la maternidad. Ocurre con todos los seres humanos. Vivimos pensando que debemos saber, controlar y hacerlo todo bien, cuando muchas veces la vida se trata de aprender mientras avanzamos.

También soy hija mayor, nieta mayor y hermana mayor.

No sé si alguien puso realmente determinadas expectativas sobre mí o si fui yo misma quien las construyó, pero desde muy joven aprendí a hacerme cargo. A cumplir. A resolver. A sostener. Durante años pensé que simplemente era lo que me tocaba hacer.

Fui construyendo estructuras alrededor de mí sin darme cuenta. Creencias sobre lo que significaba ser una buena hija, una buena madre, una buena trabajadora y una mujer responsable. Muchas de esas estructuras me ayudaron a salir adelante. Otras hicieron que me olvidara de preguntarme qué quería yo.

Hoy estoy aprendiendo a elegir de una manera diferente.

No solamente desde lo que debo hacer, sino también desde mis propios deseos. Desde lo que me hace bien. Desde aquello que quiero construir para mí.


Construir también ha sido parte de mi camino

Siempre he trabajado mucho.

Desde hace diecisiete años trabajo en el mismo lugar, dentro del mundo del turismo. Ese trabajo me permitió crecer, sostener a mis hijos y, años después, migrar a Argentina sin tener que abandonarlo.

Pero, además de trabajar, siempre me ha gustado crear.

Con el tiempo descubrí que disfruto imaginar proyectos y hacer todo lo posible para convertirlos en realidad. Emprendí en Costa Rica y, cuando llegué a Argentina, volví a empezar desde cero. Me entusiasma construir, aprender cosas nuevas y comprobar que siempre es posible reinventarse, incluso cuando pareciera que la vida nos obliga a comenzar otra vez.

Trabajar desde otro país no ha sido sencillo. A veces se piensa que el trabajo remoto consiste solamente en encender una computadora, pero para mí ha significado aprender a dirigir, acompañar y resolver problemas a miles de kilómetros de distancia, procurando que la distancia nunca se convirtiera en ausencia.

Al mismo tiempo, he intentado sostener nuestra vida en Costa Rica y construir otra en


Argentina. Adaptarme a una economía diferente, crear nuevas oportunidades y aprender a vivir en un país donde no tenía las mismas redes, los mismos contactos ni la misma historia.

Migrar tampoco fue simplemente cambiar de dirección.

Fue dejar a mi familia, mi pueblo, mis costumbres y todo aquello que durante años sentí como seguro. Fue alejarme del volcán que veía todos los días, de las personas que conocían mi nombre y de una casa propia.

Es difícil no tener un hogar después de haber tenido uno.

Y no hablo solamente de una casa. Hablo de ese lugar donde todo resulta familiar, donde uno sabe cómo funciona la vida, conoce las calles, entiende los códigos y tiene cerca a las personas que forman parte de su historia.

En Argentina he tenido que construir vínculos, entender otras formas de vivir y encontrar pequeños pedazos de hogar en lugares que antes me resultaban completamente desconocidos.

No ha sido fácil.

Pero tampoco quiero contar mi vida únicamente desde lo difícil.

Argentina también me ha regalado personas, aprendizajes y experiencias que hoy forman parte de mí. Me ha obligado a mirar hacia adentro, a cuestionar muchas de las ideas con las que crecí y a descubrir una Carolina que quizá nunca habría conocido si hubiera permanecido toda la vida en el mismo lugar.


Volver a escribir

En ese proceso también me reencontré con la escritura.

Siempre me gustó escribir.

Desde niña imaginaba un mundo lleno de paz, amor, compasión y ternura. Durante mi adolescencia escribía diarios donde guardaba pensamientos, emociones y miedos que sentía que no podía contarle a nadie. Después los escondía.

Algunos terminaron bajo llave en un cajón. Otros, en el techo de mi casa. Los ocultaba de los demás y, de alguna manera, también de mí misma.

Pensaba que no tenía suficiente vocabulario, que no sabía redactar o que nunca escribiría lo suficientemente bien. Con los años terminé guardando también esa parte de mí.

Hasta que la vida me llevó de regreso a las palabras.

Volver a escribir fue también volver a encontrarme con aquella niña y con aquella adolescente. Ya no para juzgarlas, sino para abrazarlas y reconocer que cada una hizo lo que pudo con las herramientas que tenía.

Hoy entiendo que ellas también me construyeron.

La escritura se ha convertido en una forma de sanar, de comprender y de escucharme. Cuando algo me sobrepasa, escribo. Cuando no logro ordenar lo que siento, escribo. Muchas veces encuentro las respuestas mientras las palabras van apareciendo.

Todavía dudo de mi forma de escribir.

Todavía pienso algunas veces que podría hacerlo mejor, pero ya no quiero escribir para parecer escritora. Quiero escribir para ser auténtica.

Durante muchos años imaginé que escribiría un libro cuando determinadas etapas de mi vida hubieran terminado. Siempre existía la misma condición: "cuando todo esto termine".

Hasta que comprendí que la vida nunca deja de suceder.

No necesito esperar un final perfecto para empezar a contar una historia.

Escribir también ha sido una manera de empezar a elegirme.

No solamente escribir para otros, para explicar o para cumplir expectativas. Escribir para mí. Porque me hace bien. Porque me devuelve partes de mí que había olvidado.

A mis cuarenta y tantos todavía sigo descubriendo quién soy, y, lejos de angustiarme, esa idea me parece maravillosa.

Soy mamá, hija, hermana, amiga, trabajadora, emprendedora, migrante y una mujer que todavía está aprendiendo.

También disfruto las cosas simples: cocinar, imaginar nuevos proyectos, perderme escribiendo durante horas y soñar con la vida que algún día quiero construir.

Tengo el sueño de vivir algún día en una cabaña en la Patagonia, rodeada de montañas, con vista a un lago, una chimenea encendida, una copa de vino en la mano y el computador abierto mientras escribo. Si además está nevando afuera, creo que no pediría mucho más.

Mi vida no se resume en una sola historia.

Hay muchas Carolinas dentro de mí y todavía quedan muchísimos recuerdos por abrir, viajes por contar, aprendizajes, pérdidas, reconstrucciones, momentos de maternidad, experiencias de migración, alegrías, dudas y nuevos comienzos.

Esta página es apenas una pequeña pincelada de quién soy.

A pesar de todo lo vivido, siento que esta aventura apenas comienza.

Y estaría muy feliz de que me acompañes mientras sigo descubriendo y escribiéndola.

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