El silencio
Durante mucho tiempo pensé que esta historia no podía ser contada.
No porque no existiera, sino porque estaba convencida de que nadie podría comprenderla.
Mientras nuestra vida cambiaba por completo, yo seguía intentando sostener una aparente normalidad. Muchas personas no entendían por qué un día había dejado Costa Rica para irme a vivir a Argentina. Tampoco sabían todo lo que ocurría detrás de ese cambio. Había aprendido a proteger nuestra intimidad, a cuidar a mis hijos y a cargar el dolor en silencio.
Creía que ese era mi deber.
Prefería que las personas imaginaran cualquier cosa antes que exponer la vida de mis hijos. Tenía miedo de las preguntas, de las opiniones y de esos juicios que suelen aparecer cuando una historia se conoce sólo por fragmentos.
Así pasaron los años sosteniendo una historia que parecía imposible de contar.
Así pasaron los años sosteniendo una historia que parecía imposible de contar.
El punto de quiebre
En junio del 2025 fue uno de esos momentos en los que sentí que ya no tenía fuerzas para seguir sosteniendo todo sola. No es que ese sentimiento haya desaparecido, muchas veces reaparece, como un monstruo que continúa al acecho.
Lucas atravesaba una crisis profunda de salud mental. Los procesos legales continuaban, los gastos aumentaban y yo ya había consumido todos mis ahorros tratando de mantener a nuestra familia a flote. El panorama que teníamos por delante era incierto y, por primera vez en mucho tiempo, sentí que no encontraba una salida.
Fue entonces cuando dos personas muy importantes para mí, mis amigas: Omara y Valentina, me dijeron algo que cambió el rumbo de esta historia.
—Es momento de pedir ayuda.
Recuerdo que esas palabras me desarmaron. Durante años había hecho todo lo posible por sostenerlo todo sola. Pedir ayuda significaba aceptar que ya no podía seguir cargándolo todo sobre mis hombros.
Llegaron con una propuesta de abrir una campaña en GoFundMe. Pero, para pedir ayuda había que contar nuestra historia y esa era, precisamente, la parte que yo llevaba años evitando.
Hasta ese momento, muy pocas personas conocían realmente lo que estábamos viviendo. Otros jamás imaginaron que detrás de mi aparente normalidad, existía una madre tratando de sostener, al mismo tiempo, la salud de un hijo, la estabilidad emocional de otro y un proceso judicial que parecía no tener fin.
Exponer nuestra historia significaba renunciar al lugar donde me había sentido relativamente segura durante tanto tiempo. Significaba aceptar que, a partir de ese momento, ya no tendría control sobre la manera en que los demás decidirían mirarnos.
Y ese miedo era mucho más grande que cualquier necesidad económica.
Cuando el miedo encontró amor
Recuerdo la primera vez que la vi publicada en mis redes sociales. Hasta ese momento nuestra historia había permanecido resguardada entre las paredes de nuestra casa, las visitas a la cárcel, los hospitales, los abogados y las pocas personas que conocían realmente lo que estábamos viviendo.
De pronto ya no era un secreto. Estaba ahí, al alcance de cualquiera y confieso que tuve miedo. No era el miedo a pedir ayuda, era el miedo a exponer a mi familia.
Durante años había imaginado muchas veces cómo reaccionarían las personas si algún día conocían nuestra historia. Pensaba que llegarían los juicios, las críticas y los comentarios de quienes creen comprender una vida a partir de unas pocas líneas.Sin embargo, ocurrió exactamente lo contrario.
Las personas comenzaron a escribirnos, no para juzgarnos, sino para preguntarnos cómo estábamos. Un pueblo costarricense que decidió acompañarnos para ofrecernos una oración, un abrazo, una palabra de aliento y un soporte económico.
Incluso muchas personas de La Fortuna, el pueblo donde crecí y donde tantas veces creemos conocer la vida de todos, descubrieron por primera vez lo que nuestra familia llevaba años enfrentando en silencio y lejos de juzgarnos, empezaron a apoyarnos.
Cada mensaje que llegaba derribaba un poco más el muro que yo misma había construido alrededor de mi historia y por primera vez comprendí que compartir el dolor no siempre significaba recibir más dolor.
Entonces ocurrió algo que, en ese momento, interpreté como un golpe. GoFundMe me informaba que la campaña sería eliminada. La plataforma consideraba que no podía mantener una recaudación de fondos relacionada con la causa penal que teníamos y los aportes fueron devueltos a quienes habían donado. La campaña desapareció.
Recuerdo perfectamente que sentí indignación, impotencia y sobre todo, una profunda sensación de haber quedado expuesta.
Había hecho el enorme esfuerzo de abrir una parte de nuestra vida y ya no podía volver atrás. Las personas ya conocían nuestra historia y sin embargo, aquello que me había impulsado a contarla desaparecía de un momento a otro. Pensé que esa sería la primera reacción del mundo hacia nosotros.
Si una plataforma internacional era capaz de juzgar nuestra historia sin conocerla, ¿qué podía esperar de los demás?
My Heart Project
La campaña de GoFundMe había desaparecido.
Los mensajes seguían llegando, las personas continuaban escribiendo. El valor de todo aquello nunca había estado en una plataforma, sino en la posibilidad de abrir un espacio donde nuestra historia pudiera ser contada con verdad, sin intermediarios y desde el amor.
Así nació la decisión de escribir. No para defender una causa judicial y tampoco para convencer a nadie. Solo necesitaba un lugar donde pudiera dejar registro del camino que seguíamos recorriendo, aun sin saber cuánto faltaba para llegar al final.
Durante mucho tiempo había esperado que todo terminara para escribir un libro. La vida, sin embargo, seguía sucediendo. Quizá el verdadero libro no debía escribirse después del camino, sino mientras lo caminábamos.
Solo faltaba una cosa. Darle un nombre a ese lugar donde empezaría a escribir.
Entonces regresé, casi sin darme cuenta, a un recuerdo que jamás me había abandonado.
Los meses anteriores, cuando Lucas sufrió aquel brote psicótico y desapareció de casa, hubo largas horas en las que no supimos dónde estaba. Mientras esperábamos noticias, entré a su habitación. No buscaba nada en particular; necesitaba sentir que, de alguna manera, seguía cerca de él.
Sobre su escritorio estaban los cuadernos donde escribía.
Me acerqué casi con miedo.
A Lucas siempre le ha gustado componer música. En aquel momento, escribía letras, imaginaba melodías y ordenaba sus ideas con la ilusión de convertirlas algún día en un álbum.
Abrí uno de aquellos cuadernos.
Fui pasando las páginas lentamente. Cada canción tenía su lugar. Cada hoja hablaba de un sueño, de un sentimiento, de una parte de él que hasta ese momento yo apenas comenzaba a descubrir.
Escrito con su propia letra, al comienzo del cuaderno, había un título: My Heart Project.
Cuando llegó el momento de nombrar este espacio, comprendí que no necesitaba seguir buscando: Mi proyecto Corazón, era el nombre.
Nunca sentí que estuviera tomando prestado el nombre de mi hijo, sentí, más bien, que durante un tiempo me correspondía sostener esa bandera hasta que él pudiera volver a levantarla con sus propias manos. Porque sigo creyendo que llegará ese día.
Llegará el momento en que Lucas pueda compartir su música, sus palabras y todo aquello que durante tantos años ha permanecido en silencio.
Cuando eso ocurra, My Heart Project volverá a ser completamente suyo.
Mientras tanto, este proyecto lleva ese nombre porque nació del mismo lugar donde nacen los sueños más profundos: del corazón de un hijo y del amor de una madre que decidió cuidarlos, incluso cuando parecía que todo lo demás se derrumbaba.
Un camino que sigue escribiéndose
Con cada página que escribo he descubierto que el miedo se va disolviendo entre las palabras y que, poco a poco, la confianza ocupa el lugar que antes ocupaban la incertidumbre y la necesidad de controlar todo.
Siempre me visualizo como un prisma. Siento que la luz del amor divino que viene de Dios impacta sobre mí y, en lugar de quedarse, esa luz se distribuye, se amplía y se multiplica en muchas direcciones.
Este es un espacio donde el amor continúa encontrando nuevos caminos para llegar a otros corazones.
Al mirar hacia atrás comprendo que este proyecto nunca nació para hablar solamente de Lucas, ni de mí, ni siquiera de nuestra familia. Nació para recordar que, aun en medio del dolor, el amor sigue teniendo la capacidad de transformar la forma en que miramos el mundo.
Pensé que escribiría un libro cuando todo esto terminara y hoy agradezco profundamente no haber esperado ese momento. Porque no sé cuándo terminará esta historia y no sé qué capítulos nos quedan por vivir.
La vida no me estaba pidiendo escribir el final de esta historia. Me estaba invitando a escribir el camino.
No sabía que todo esto era un proyecto de vida y que antes solamente pensaba que había venido a Argentina para acompañar a mi hijo en un proceso judicial y regresar con él a casa. No imaginé que ese viaje también venía a transformarme a mí.
Descubrí humanidad donde los Tribunales solo ven expedientes. Encontré familias donde antes veía desconocidos. y sobre todo, descubrí que el amor siempre encuentra la manera de abrirse paso, incluso en los lugares donde la sociedad asume que no se merece el lugar.
La historia todavía no termina. Quizá falten muchas páginas por escribir, pero ya no espero el final para comenzar. Solo necesito corazones que quieran hacerme compañía. Porque este camino también me está escribiendo a mí.
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