Cuando la vida te da palos

Sendero de madera entre las montañas de la Patagonia, rodeado de naturaleza y picos nevados.

Han pasado meses desde mi última escritura. No es que las historias por contar falten, a veces es simplemente que la energía disponible solo alcanza para el deber y el deseo se ve desplazado. Aún continúo mi camino aprendiendo a cambiar esas prioridades.


El 22 de setiembre recibí una llamada de Lucas: “Má, nos rechazaron la solicitud de prisión domiciliaria”. Sí, nos, porque caminamos junto a él y esto nos afecta como familia. 


¿Qué digo cuando al otro lado del teléfono tengo a mi hijo buscando las palabras correctas? No existen tales palabras, simplemente queda el silencio. 


Justamente la noche anterior había tenido un sueño. En este sueño estaba arropando a Lucas en su cama. Tenía quizá seis años de edad y estábamos en nuestra casa en La Fortuna. Había mosquitos en la habitación y yo no tenía cómo ahuyentarlos, así que fui en busca de algo para encender y protegerlo. Pero, de pronto, yo estaba afuera y lo miraba desde la ventana. 


Lucas se había quedado encerrado dentro de la casa y yo no podía entrar para protegerlo. Entonces empecé a caminar hacia la casa de mis padres en busca de unas llaves. En el camino había un puente de hamaca sobre el río y cruzarlo era difícil. Mi hermana Zaida me acompañaba y, antes de llegar a la otra orilla, tuve que sostenerla y ayudarla a salir porque estaba cayendo al agua.


Después de cruzar seguimos caminando. De repente, junto a mí caminaban mis abuelas y mis tías maternas, todas mujeres que ya fallecieron físicamente, pero que, con su luz, siento que siempre me acompañan. Y justamente eso hacían en aquel sueño: caminaban junto a mí. 

En algún momento, mi abuela Ofelia me dijo:

—Carolina, no ha vuelto a escribir en su diario.

—Abuela, no es un diario, es un blog.

—Bueno, ¡ya hace falta!

Esa semana, después de recibir la noticia de que habían rechazado la prisión domiciliaria, me tomé algunos días para meditar. Las palabras de mi abuela seguían resonando en mi cabeza: Ya hace falta.

Hasta que finalmente volví a sentarme frente a la computadora.

—Abuela, aquí estoy escribiendo de vuelta.

Y entonces, al abrir el archivo donde guardo mis escritos, descubrí algo que había olvidado por completo: el archivo se llama Diario.

El camino

He pensado mucho en aquel sueño desde entonces. Al igual que aquel puente, en la vida no todo está bajo nuestro control. Puede existir inestabilidad, inseguridad y miedo. Podemos avanzar sin barandas a las cuales sujetarnos, sintiendo bajo nuestros pies el movimiento de cada paso y mirando un caudal que parece aterrador. Pero estoy aquí a pesar de todo y sigo tomando el riesgo de cruzarlo una y otra vez.

Durante mucho tiempo pensé que atravesar significaba conseguir que el puente dejara de moverse, que aparecieran las barandas o que el río perdiera su fuerza. Ahora empiezo a comprender que quizá nunca se trató de controlar el camino, sino de aprender a caminarlo.


Mientras avanzo puedo elegir qué quiero seguir cargando conmigo y qué puedo dejar caer en ese río. Puedo arrojar el miedo, el enojo por no encontrar dónde sujetarme, la necesidad de controlar cada movimiento y todo aquello que ya no pretendo seguir llevando.


Pero caminar ligera tampoco significa dejarlo todo atrás. Hay cosas que merecen llegar conmigo al otro lado. 


En aquel sueño mi hermana cayó y yo la sostuve. No podía controlar el puente ni detener la fuerza del río, pero sí podía decidir qué no estaba dispuesta a dejar ir. Mi hermana representó para mí el amor. Porque lo bueno se rescata, se sostiene. Y también esa fuerza que ahora reconozco en mí para elegir qué dejo ir y qué quiero conservar. 


Quizá de eso se trate también aprender a avanzar: no de atravesar la vida sin cargas, sino de reconocer cuáles ya podemos soltar y cuáles elegimos llevar con nosotros. Las enseñanzas del camino son parte de lo que quiero conservar.

Al otro lado, solo nos reunimos entre risas y un abrazo.

A lo largo de aquella semana, un sentimiento de paz acompañó mis días. No porque lo sucedido hubiera dejado de doler, ni porque de pronto aceptara como justo aquello que no lo era. Simplemente había algo diferente en la manera en que estaba eligiendo atravesarlo.

Durante la visita al penal hablamos de eso. Recordamos que esta vida está llena de retos, de pruebas que llegan y nos enfrentan también a aquello que estamos dispuestos a entregar. Hay cosas que no estamos dispuestos a negociar: nuestra unión, nuestra fe y la paz que trae confiar en que existe un plan mayor, incluso cuando todavía no logramos comprenderlo.

Esto no significa que dejamos de luchar. Todo lo contrario. Quizá durante mucho tiempo confundí luchar con tratar de controlar el resultado, como si mi esfuerzo tuviera que ser suficiente para conseguir que las cosas ocurrieran de la manera en que yo esperaba. Hoy empiezo a comprender que puedo seguir luchando, buscando caminos, tocando puertas y haciendo todo aquello que esté en mis manos sin permitir que cada respuesta tenga también el poder de decidir mi paz.

Y en medio de todo esto hay una pregunta que me hago todos los días:

¿Cuándo fue que dejamos que otro ser humano tomara el control?

No hablo solamente del control sobre nuestras decisiones. Pienso en todas esas estructuras que hemos construido alrededor del miedo y a las que, con el tiempo, terminamos entregándoles poder. Creamos divisiones, categorías, reglas y formas de medirnos unos a otros, hasta olvidar muchas veces mirar al ser humano que tenemos enfrente. 

Quizá por eso he pensado tanto en lo que realmente está bajo nuestro control. 

No puedo decidir qué hará otra persona, qué resolverá una institución o cuál será el próximo obstáculo que aparezca en el camino. Pero sí puedo decidir desde dónde quiero mirarlo, qué quiero hacer con aquello que llega a mis manos y cuánto poder estoy dispuesta a entregarle sobre mi propia vida. 

Esa semana, mientras caminaba en el gimnasio, escuché una canción. Una frase se repetía una y otra vez:

Si la vida te da palo...

Seguí caminando mientras la escuchaba y, casi sin darme cuenta, en mi cabeza empecé a escribir un cuento.

Cuando la vida te da palo

Había una vez una mujer a quien la vida le daba palos. 

Algunos eran pequeños, apenas dejaban una astilla incrustada o una cicatriz que con el tiempo casi dejaba de doler. Otros eran tan grandes que la tumbaban al suelo y necesitaba días, meses, incluso años para volver a levantarse. 

Durante mucho tiempo se sentó frente a ellos a preguntarse por qué, mientras miraba las cicatrices del pasado y trataba de sanar de los golpes más fuertes. 

¿Por qué a mí? ¿Por qué tantos? ¿Por qué ahora? 

Miraba alrededor y veía personas caminando ligeras mientras ella acumulaba palos. 

Algunos ni siquiera parecían suyos, pero habían caído en su camino y, de alguna manera, había terminado cargándolos también. 

Hasta que un día dejó de contar cuántos tenía. Tomó uno entre sus manos, sintió su peso y se hizo una pregunta diferente:

—¿Qué puedo hacer con esto?

Podría construir una casa. Eran tantos que alcanzaban para levantar un refugio con paredes fuertes y un techo donde protegerse cada vez que llegara una tormenta o apareciera otro palo dispuesto a golpearla.

También podría hacer una fogata. Quemarlos todos y convertir en calor aquello que alguna vez había dolido.

Podría construir un puente y utilizarlos para llegar hasta el otro lado, lejos de todos aquellos que sentía que la miraban mientras permanecía sentada entre sus palos. 

Pero esta mujer no quería esconderse. Tampoco quería quemar su historia y, por alguna razón, ya no sentía que necesitara llegar a otro lugar.

Lo que necesitaba era ver.

Entonces puso un palo sobre otro y después otro. Construyó el primer peldaño y después el segundo, el tercero. Poco a poco, cada pérdida encontró su lugar. También cada injusticia, cada puerta que no pudo abrir, cada noche en la que tuvo que aceptar que amar profundamente a alguien no siempre alcanza para protegerlo de todo. Cada vez que la vida le dijo que no. 

La escalera comenzó a crecer y ella comenzó a subir. Con cada peldaño podía ver un poco más lejos, hasta que un día atravesó las nubes. 

Desde allí arriba miró el mundo que había habitado toda su vida y algo extraño sucedió: las fronteras habían desaparecido. Ya no podía distinguir quién tenía más dinero, quién había estudiado más, quién ocupaba el puesto más importante, quién estaba preso y quién estaba libre. Desde aquella altura todos parecían simplemente seres humanos tratando de atravesar su propia existencia. 


Entonces empezó a hacerse preguntas. 


¿Cuándo decidimos que algunas vidas valían más que otras? ¿Cuándo empezamos a necesitar tanto para sentir que teníamos suficiente? ¿Cuándo construimos tantas divisiones entre nosotros? ¿En qué momento empezamos a pensar que la justicia solo sucede en edificios, expedientes y leyes, y olvidamos que también comienza cada mañana, en la manera en que elegimos tratar al ser humano que tenemos enfrente? 

Durante mucho tiempo había mirado hacia arriba esperando respuestas. Ahora estaba arriba y comprendía que tampoco estaban allí.

Quizá nunca se había tratado de encontrar respuestas.

Quizá se trataba de aprender a mirar.

Desde aquella altura podía mirar sin tantas categorías, sin la necesidad constante de decidir quién merecía más y quién menos, quién estaba de un lado y quién estaba del otro. Y al quitar todas esas divisiones, comenzó a aparecer algo mucho más sencillo: seres humanos con historias que ella desconocía, con heridas que no podía ver y con sus propios palos entre las manos. 

Entonces comprendió que quizá la compasión empezaba justamente ahí: en aprender a mirar al otro sin necesitar conocer toda su historia para reconocer primero su humanidad.

Miró entonces su escalera. Cada peldaño seguía siendo lo que siempre había sido: un palo.

El dolor no había desaparecido. Lo injusto no se había convertido mágicamente en justo y las pérdidas seguían siendo pérdidas. Tampoco habían desaparecido las cicatrices. Algunas apenas se notaban; otras seguían recordándole exactamente qué golpe las había dejado y quizá algunas volverían a doler de vez en cuando. 

No necesitaba borrar esas marcas para seguir adelante, ni tampoco agradecer que la vida la hubiera golpeado. Podía mirarlas desde otro lugar y agradecer haber descubierto qué hacer con aquello que había recibido. 

Porque el golpe no tenía derecho a decidir en qué iba a convertirse ella. 

Se quedó un momento contemplando el horizonte. Desde allí podía ver muchísimo, pero también comprendió que no podía quedarse arriba.

La escalera nunca había sido construida para escapar del mundo. Había sido construida para poder verlo.

Así que comenzó a bajar.

Volvió a encontrarse con las mismas personas: con quienes amaba, con quienes la habían herido, con quienes pensaban diferente y con aquellos que también cargaban sus propios palos sin saber todavía qué construir con ellos. Sus cicatrices seguían allí, pero ahora podía mirar también las cicatrices de los demás, incluso aquellas que no alcanzaba a comprender.

Ya no los miraba desde arriba. Tampoco desde la herida.

Los miraba desde todo lo que había aprendido mientras subía, con un poco más de amor y con esa compasión que aparece cuando dejamos de preguntarnos quién merece qué y recordamos que, antes que cualquier otra cosa, todos somos seres humanos intentando atravesar nuestra propia existencia.

Y cuando la vida volvió a darle otro palo, lo sostuvo entre sus manos. Sintió su peso y se permitió sentir también el dolor.

Después levantó la mirada hacia aquella enorme escalera que había construido y sonrió.

—Bueno… uno más.

Lo acomodó sobre el siguiente peldaño y subió un poco más.


«Y al ver las multitudes, tuvo compasión de ellas.»

Mateo 9:36 

Gracias por llegar hasta aquí y acompañarme una vez más.

Hoy comparto con ustedes un peldaño más de esta escalera que sigo construyendo. Si alguna de estas palabras les sirve para mirar sus propios palos, sus cicatrices o aquello que la vida ha puesto en sus manos desde un lugar diferente, entonces habrá valido la pena compartirlas.

Yo seguiré construyendo la mía. Y si en algún momento estas historias ayudan a alguien a construir la suya, me alegra pensar que aquello que alguna vez dolió también pudo convertirse en algo que nos permitiera mirar un poco más lejos.


Con cariño,

Carolina Solórzano
Mi Proyecto Corazón
El camino de una madre hacia la libertad de su hijo.


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